REAL MADRID, 78 – OLYMPIACOS, 59.

El Real Madrid no llamó a las puertas de la cumbre. Las derribó.

Lo hizo de forma trabajada, casi hasta la extenuación, abonado a un espíritu que hizo de su rival, el colosal Olympiacos, una obra eterna. Los de Laso no hallaron esplendor en lo suyo, pero supieron vestirse de gladiadores el día esencial y sacar adelante un escenario de hormigón, anestesia y tensión.

Y no fue sencillo.

No lo fue porque el guión del trayecto al cielo lo escribió un griego. Ritmo adormecido, reducida al mínimo la transición y Olympiacos haciendo valer dos de sus principales virtudes, una en cada lado de la pista. En ataque, el pick’n’roll frontal con Spanoulis, que castigó sin piedad, sobre todo al inicio. Vassilis -que acabó enjaulado- dividió la zona una y otra vez, al menos mientras pudo. Aprovechando, como sólo él sabe, cada cambio de emparejamiento para sacar petróleo, tiros cómodos para sus compañeros, maestros en aprovechar el desequilibrio inicial.

En defensa también hubo poder. Los griegos son un clínic cuando el partido se anestesia. Colapsan la pintura y sus interiores son capaces de cambiar siempre en los bloqueos, aguantando desajustes con el perímetro rival. El Real Madrid, asfixiado de manos y cuerpos en la zona, sólo tenía dos soluciones, el uno contra uno o el tiro de tres forzado. Las dos que buscaba Sfairopoulos.

El escenario madridista no era otro que la supervivencia. Jugar a ser su rival, el mejor del continente a la hora de competir. Agarrarse a los partidos con la vida si hace falta. Pero no sólo se exigía un extra de actitud, también de raciocinio.

Y lo hubo.

Laso apostó por juntar a cinco pequeños, bajar al barro y competir alejado del brillo. Abrazado al cemento. Y el Real Madrid demostró  entonces que su grandeza no sólo parte del delirio ofensivo sino también del martillo defensivo. Maciulis y Nocioni se juntaron, casi literalmente, para parecer un superhombre.

El lituano fue un titán en su aro y encontró chispa en el ajeno. Y la mirada del Chapu encendió el Palacio. El argentino volvió a destacar en todo aquello que no se puede enseñar. La lucha, la brega, el carácter, el instinto por el balón dividido, el desear más que ningún otro la victoria. Porque por encima de todo, y de todos, Nocioni estima el triunfo.

El Madrid sobrevivió. Nubló la ofensiva de Olympiacos a base de piernas, actividad y deseo por no dejar escapar la gloria. No esta vez. Si el viernes el segundo cuarto supuso el culmen ofensivo, en la final fue el áspero sabor del barro lo que marcó el camino.

Los nueve puntos de los griegos en diez minutos, todo su botín del segundo período, permitieron a los locales irse siete arriba al descanso (35-28), su máxima de la primera mitad. Pero el partido no estaba acabado. Dicta una ley no escrita, pero de sobra conocida, que jugando al baloncesto en la Euroliga Olympiacos no muere.

No si antes no lo mataste cien veces.

Lojeski, silencioso pero letal, volvió a cargar tras la reanudación para transformar el sueño blanco (40-29) en un ácido recordatorio. Un 0-12 de parcial devolvió a los griegos a escena, como siempre hambrientos. Y puso a prueba de nuevo la mente de los de Laso, sometidos a un desgaste excepcional, el que exponía su permanente incomodidad.

Entonces apareció Jaycee Carroll. Sin sistemas, sin razón, para hacer un maravilloso ejercicio de apología del game-changer. Hizo del funámbulo un arte para reventar el partido en apenas 140 segundos. En ese tramo anotó once puntos, con tres triples imposibles que sólo imaginó posibles él. El Madrid asumió el mando tras los únicos dos minutos de vértigo de la final.

Fueron suficientes.

No hubo brillo, no esta vez. Pero la máquina de competir por excelencia, Olympiacos, un equipo irreductible por definición, encontró enfrente un adversario hecho a su imagen y semejanza un día clave. En el barro, en la lucha mental, en las guerrillas y en todo aquello que hace del baloncesto un arte adulto, el Madrid fue mejor. El último cuarto resistió antes de volver a cruzar dos gritos. Los definitivos. La Euroliga era suya.

Veinte años después, y ante el mismo rival que entonces, los blancos encontraron de nuevo, por novena vez, el tren con trayecto al cielo. Y durante el mismo se atrevieron a dibujar un mensaje, para los restos recordado.

Sólo hay un camino a la eternidad. Pero es posible recorrerlo de muchas formas.